Quise ser minimalista y morí en el intento

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En el mundo hay filosofías que inspiran, como el budismo o el minimalismo, que son formas de vivir y que hay que seguir para lograr el objetivo principal, que generalmente es mejorar tu estilo de vida y, en ocasiones, tu cuerpo y mente. Por eso yo acepté unirme a una de ellas por amor, pero no a la forma de pensar, sino a mi novia, quien me motivó (obligó) a ser minimalista.

Trató de explicarme lo que era, me echaba choros inmensamente largos y mi atención se iba a los pocos segundos, sólo escuchaba: Bla, bla, bla, bla, minimalismo, bla, bla, bla…. Fueron tantos discursos que opté por aceptar unirme a su ‘secta’, a pesar de que no entendía nada. Lo poco que capté fue que hay que vivir con lo esencial. Y así empezamos.

Lo primero fue analizar mi cuarto, reconocer lo que necesitaba y lo que era prescindible, por lo que se iba ir a la basura. “Ya tienes 24 años, no necesitas tu Play Station”, me dijo mi novia. “Tampoco necesitas esos juguetes, las revistas viejas, tantos pantalones, camisas, playeras…”, y así enumeró todo lo que no necesitaba, según ella. Mi furia contenida no salió y preferí callar y aceptar; sin embargo, no iba a tirar nada a la basura, sólo las escondería. Lo siguiente fue ir de compras. Ppppfff, que flojera.

Fuimos a una tienda en Polanco, como si tuviera tanto dinero para despilfarrar en muebles minimalistas, como ella los llamaba. Gasté en algunas cosas, sólo para complacerla, pero en otras prefería darle la vuelta al asunto, pues estaban extremadamente caros. Llegaron las nuevas adquisiciones y comenzamos a remodelar mi habitación. Ante la tristeza de ya no ver mis artículos de colección, lo único bueno es que había mucho más espacio, no sé para qué lo necesito pero se veía ordenado.

Ahora había que pasar de lo material a lo mental. ¿Cómo iba a ser un minimalista mental? Y al igual que mi cuarto, debía depurar mis emociones y deseos, tenía que seguir un modo de vida en lo que mi cuerpo y mente recibiría lo esencial. Si iba a comprar algo, debía pensar si lo necesitaba; si tenía que tomar una decisión, el proceso era lo mismo. No podía llenarme de consecuencias que no debían formar parte de mi vida.

Así pasaron tres meses, haberme unido al minimalismo me estaba costando estrés y la relación con mi novia iba en picada, a tal grado que ella pensó que no estaba siguiendo al pie de la letra su ‘religión’ (sé que no es una religión pero así la llamé, por las reglas que hay, es decir, sus mandamientos), por lo que cortamos. Bien dicen que si dejas de fumar por alguien, cuando esa persona ya no esté volverás al vicio, y así pasó. Rompimos y volví a los viejos hábitos. Mi cuarto se llenó de nueva cuenta con mis figuras de colección, volví a pegar los póster de películas y videojuegos, reconecté mi consola y me envicié jugando por horas y horas.

Jamás volvimos a estar juntos, pues sabía que no estaba dispuesto a seguir un estilo de vida que me causara estrés, así que si ella no estaba dispuesta a aceptarme tal cual era, lo nuestro no funcionaría.